La marca de ropa Rever Pass entró en concurso, con deudas que superan los $7.000 millones
Puntos importantes
La crisis de la indumentaria no solo está dejando fábricas y locales vacíos. También está obligando a empresas con décadas de trayectoria a cambiar la forma en que producen, venden y compiten. Ese es el escenario en el que quedó IGT33 S.A., la sociedad que opera las marcas Rever Pass y Be Rebel, que acaba de entrar en concurso preventivo después de reconocer ante la Justicia que ya no puede afrontar regularmente todas sus obligaciones.
La compañía sostiene que llegó a esta instancia después de intentar durante años sostener la actividad con una administración austera, reducción de costos, financiamiento bancario y aportes de sus propios accionistas. Pero la recuperación del consumo que esperaba no llegó y el deterioro terminó afectando el capital de trabajo.
IGT33 tiene más de 40 años de actividad, una planta industrial y más de 100 trabajadores. Su red comercial incluye 13 locales alquilados, varios de ellos en shoppings como Unicenter, Alto Palermo, Abasto, DOT, Palmas del Pilar, Soleil y Tortugas Open Mall, entre otros. La Justicia Nacional en lo Comercial N°18 abrió formalmente el concurso el 14 de julio, luego de que la empresa presentara su pedido el 24 de junio.
En este marco, la documentación presentada en el expediente muestra más de $7.000 millones en obligaciones entre deuda bancaria, fiscal, previsional, laboral, sindical y comercial. Solo los compromisos bancarios superaban los $3.276 millones y las obligaciones previsionales alcanzaban $1.725 millones al 31 de mayo.
Pero el dato más relevante del concurso no está solamente en el tamaño del pasivo. Está en cómo la propia empresa explica que llegó hasta acá y qué pretende hacer para salir.
Rever Pass en crisis: una estructura pensada para producir que perdió escala
IGT33 explica que durante buena parte de su historia construyó un modelo integrado. Desde 2007 concentró los procesos de corte, confección, estampería y bordado, junto con las áreas comerciales, administrativas y logísticas. La apuesta fue sostener una estructura productiva propia y reinvertir las utilidades para ampliar y actualizar el negocio.
Ese esquema empezó a quedar bajo presión cuando el mercado interno de indumentaria comenzó a retraerse. Para la compañía, no se trató de una caída puntual de ventas sino de un cambio más profundo en las condiciones en las que funciona el negocio.
La empresa señala que la menor demanda afectó directamente sus ventas y comprometió los niveles históricos de producción. Al mismo tiempo, los costos de los insumos, la energía, la logística y la mano de obra siguieron creciendo, mientras que los precios de venta de la indumentaria quedaron rezagados respecto de la inflación general.
En otras palabras, el problema no fue solamente vender menos. Para IGT33, el deterioro estuvo en la pérdida de la relación entre costos, precios y volumen producido. Una estructura industrial que necesita determinada escala para ser eficiente comenzó a trabajar con una demanda que ya no alcanzaba para sostenerla.
La compañía también menciona las dificultades para acceder a nuevas telas y materiales desarrollados en el exterior. Según plantea, algunos insumos son directamente difíciles de conseguir en la Argentina por falta de producción local, restricciones, costos de importación o ausencia de proveedores homologados. Esto, sostiene, la deja en desventaja frente a competidores internacionales que sí pueden acceder a esos materiales y a financiamiento más barato.
El problema de competir contra productos importados
El expediente plantea otro cambio que resulta central para entender la crisis: la competencia dejó de ser solamente entre marcas locales.
IGT33 cuestiona el avance de las plataformas internacionales como Shein o Temu, y sostiene que compiten bajo una estructura de costos diferente a la de una empresa argentina que produce y vende localmente. La compañía también pone el foco en las importaciones de productos terminados. Las grandes cadenas internacionales, señala, pueden ingresar prendas a precios inferiores por sus escalas de producción, costos, acceso a insumos y condiciones de financiamiento.
La consecuencia para una empresa como IGT33 es particularmente compleja: tiene que sostener una planta, trabajadores, alquileres, impuestos, logística y materias primas, pero compite en el mismo mercado con productos que llegan terminados.
Ahí aparece uno de los aspectos más interesantes de la presentación judicial. La salida que plantea la empresa implica, en parte, hacer aquello que hoy identifica como una de las causas de su crisis: importar.
IGT33 habla directamente de una "metamorfosis" productiva. El objetivo es pasar de una matriz netamente industrial a otra que combine producción local con importación de productos terminados, para ganar competitividad y ampliar la capacidad de respuesta frente al nuevo escenario. Pero reconoce que esa transformación necesita tiempo, inversión, acuerdos internacionales y una logística que no puede armarse de un día para el otro.
No se trata solamente de cambiar proveedores. La empresa busca modificar la estructura sobre la que construyó el negocio durante décadas.
En paralelo, también tuvo que revisar su red comercial. Los locales en shoppings implican alquileres, expensas, fondos de publicidad, servicios e impuestos, además de los costos laborales. La compañía ya cerró algunos puntos de venta que dejaron de ser rentables y planteó concentrar recursos en e-commerce y otros canales comerciales.
Actualmente, los locales que mantiene funcionan todos en inmuebles alquilados y la sociedad aclaró ante la Justicia que no trabaja bajo un esquema de franquicias.
Salarios fraccionados, deuda y el límite al financiamiento
La reconversión, sin embargo, llegó cuando la compañía ya había agotado buena parte de sus herramientas financieras.
En los últimos tres años, según explicó, recurrió a créditos bancarios para sostener el capital de trabajo, afrontar remuneraciones e indemnizaciones, realizar obras, renovar locales, incorporar líneas de productos y reformular áreas del negocio. Los accionistas y socios fundadores también aportaron fondos mediante préstamos extraordinarios.
El problema fue que el financiamiento dejó de ser una solución y pasó a formar parte del problema. La empresa sostuvo que durante 2025 las tasas llegaron a niveles cercanos al 100% anual, en un mercado donde los precios de la indumentaria no acompañaban el aumento de los costos.
La falta de liquidez terminó afectando incluso el funcionamiento cotidiano. En los meses previos al concurso, los salarios debieron abonarse en dos etapas porque no había fondos suficientes para pagarlos de una sola vez. También cayeron planes de financiación vinculados con impuestos y seguridad social por falta de pago.
La empresa sostiene que la situación llegó a un punto en el que ya no podía hacer frente a todas sus obligaciones al mismo tiempo. Además, algunos acreedores iniciaron ejecuciones y se trabaron embargos sobre cuentas de la sociedad. Para IGT33, mantener esas medidas podía terminar paralizando la operatoria y llevar a un escenario todavía peor.
Por eso, el concurso aparece en el expediente no como una decisión aislada sino como el último paso después de varios intentos de sostener la empresa. La compañía busca ganar tiempo para reestructurar el pasivo, negociar con los acreedores y terminar de reformular su matriz productiva, mientras continúa funcionando y mantiene las fuentes de trabajo.
La Justicia ya abrió el proceso y los acreedores deberán presentarse a verificar sus créditos. Para IGT33, el desafío ahora es doble: ordenar una situación financiera que se volvió insostenible y, al mismo tiempo, encontrar un modelo que le permita competir en un mercado de indumentaria que cambió más rápido que su estructura productiva.