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Heladeras y bicis por votos: ¿la vieja fórmula clientelar ya no resulta efectiva en las urnas?

Una ola de críticas cayó sobre el Gobierno por los regalos de electrodomésticos. Expertos creen que en el nuevo contexto social no garantizan el voto
POLÍTICA - 26 de Septiembre, 2021

"Las heladeras y las bicis no se comen" se leyó en foros del oficialismo, entre cientos de comentarios, entre indignados y divertidos, al constatar cómo los beneficiarios de los regalos pre-electorales publicaban los productos en internet para su venta -a $5.000 las flamantes bicicletas y a $38.000 las heladeras todavía con su envoltorio intacto-.

Y la alusión irónica a la frase "el cemento no se come" -con la que el kirchnerismo fustigaba a la gestión macrista, que se jactaba de su concreción de obras viales pero no lograba detener la caída del salario- deja entrever lo que muchos políticos y analistas están sospechando: que las viejas prácticas clientelares pueden estar perdiendo su efectividad.

Al menos, es la percepción que dejan entrever políticos, economistas y analistas de opinión pública ante situaciones como las que se están viendo en estos días en municipios bonaerenses, pero también a nivel nacional con el objetivo de revertir la derrota electoral mediante medidas económicas de emergencia, que van desde bonos para jubilados hasta condonacion de deudas impositivas a las pymes.

"Pensar que la magnitud del problema en Argentina, con gente que está rota, una clase media baja completamente destrozada, se puede arreglar con 5.000 pesos, con una heladera, un par de zapatillas, es no entender la magnitud del problema", dijo el economista y candidato opositor Martín Tetaz sobre la estrategia política de los anuncios económicos.

"Cuando arrancás en un marco de decepción importante, es muy difícil dar vuelta la elección con prácticas clientelares", advierte por su parte el politólogo Carlos Fara, quien cree que lo máximo que podrá lograr el Gobierno es amortiguar la derrota. Pero cree que la consigna de "poner plata en el bolsillo de la gente" se queda corta cuando hay cosas más profundas en juego: "Las expectativas de la gente están puestas en su futuro, en la necesidad de empleo, además del ingreso. Y esas prácticas son un manotazo de ahogado", afirma.

De momento, las primeras encuestas parecen reafirmar que los resultados de las PASO tenderían a repetirse en noviembre. En algunos distritos, incluso acentuando la ventaja a favor de la oposición.

Entre los analistas, abunda el escepticismo sobre el efecto de la estrategia oficialista. Por ejemplo, el economista Roberto Cachanosky observó: "El que está enojado con el Gobierno porque se quedó sin trabajo o tuvo que cerrar su comercio no va a cambiar de idea porque le regalen una heladera. No tiene forma de recomponer su capital de trabajo".

Mientras que su colega Diana Mondino criticó la concepción oficial sobre la expansión del gasto público como arma electoral: "El gasto público para ser eficiente sería que los colegios estén funcionando, que hubiera seguridad en las calles, que las calles estén bien hechas. Eso es gasto público, no dar planes". 

Esta percepción de un cambio en la práctica clientelar como estrategia electoral está marcada por dos fenómenos de estos tiempos. El primero es el protagonismo de las redes sociales: no solamente amplifican situaciones a nivel nacional situaciones que antes quedaban confinadas al ámbito municipal, sino que además forman opinión crítica contra estos regalos electorales con fondos públicos.

Así, el acto de General Rodríguez pasó a ser materia de análisis en el "prime time" los programas políticos y materia prima para editorialistas críticos del Gobierno. La situación ha llegado a incomodar a los referentes del oficialismo, que salieron a aclarar que los destinatarios de los regalos son instituciones comunitarias beneficiarias del programa "Abrazar Argentina", a cargo de la Secretaría de Abordaje Integral del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación.

Claro que eso no aminoró las denuncias de la oposición, que busca que la táctica de los regalos se transforme en un boomerang para el Gobierno.

"La demagogia del Frente de Todos después de perder las elecciones", escribió Alfredo Cornejo, presidente Unión Cívica Radical, junto a una foto de un acto en el que se regalaron electrodomésticos en un municipio bonaerense. "Alberto Fernández juega con las necesidades de la gente para tapar el fracaso de su gestión ni los regalos ni el relato van a quebrantar la voluntad popular", agregó.

Y en la misma línea, la titular del PRO, Patricia Bullrich, dijo que la intención del Frente de Todos es replicar a nivel nacional la metodología aplicada en Tucumán, para ganar elecciones sobre la base de "dinero y dádivas". Una alusión explícita al nuevo jefe de gabinete, el tucumano Juan Manzur.

Pero, más allá de los cuestionamientos éticos a los regalos pre-electorales, hay otro factor que acaso preocupe más al Gobierno: desde hace tiempo los expertos en consumo habían pronosticado que poner dinero en el bolsillo de los ciudadanos no necesariamente impulsaría el consumo, y que hoy la demanda no es apenas por mayor poder adquisitivo sino por una mayor certidumbre a futuro.

Un recordatorio al respecto fue la publicación de los datos de desempleo que mide el Indec: si bien la cifra de desocupación de 9,6% no luce a primera vista como algo dramático -y de hecho implica una mejora interanual-, cuando se analizan los datos con lupa la situación cambia.

Ocurre que esa mejora aparente no ocurre por un incremento en la creación de empleo, sino por el hecho de que ahora la cantidad de gente que busca empleo es menor a la que lo hacía antes de la pandemia.

Por eso, es más relevante observar el número que el Indec define como "presión laboral". Al sumar los desempleados más los sub-ocupados, más otros ocupados que buscan empleo y más otros que están ocupados pero tienen disponibilidad de trabajar mayor cantidad de horas, entonces la cifra asciende a la impactante cifra de 32,4% de la población económicamente activa.

En la misma noche de la derrota en las PASO, Alberto Fernández prometió una saga de medidas para "poner plata en el bolsillo de la gente"

Una tradición en la política argentina

"Entiendo que sufrieron mucho, que están enojados y cansados. Llegar a fin de mes se transformó en una tarea imposible. Muchas familias tuvieron que recortar sus gastos. No saben de qué más privarse".

No, la frase autocrítica no corresponde a Alberto Fernández ni a Cristina Kirchner tras la derrota peronista en las PASO, sino que es de autoría de Mauricio Macri en agosto de 2019, cuando anunció un paquete de medidas destinadas a aliviar la situación económica de los argentinos.

Macri también había sido derrotado en las primarias y, a instancias de su compañero de fórmula, el peronista Miguel Pichetto, puso en práctica medidas de urgencia, a un costo fiscal de $40.000 millones -al tipo de cambio de la época, unos u$s700 millones-.

Suba del salario mínimo, duplicación de la asignación por hijo para los monotributistas, elevación del 20% en el mínimo no imponible del impuesto a las Ganancias, plan de refinanciación a 10 años las pymes endeudadas con la AFIP. Todo eso anunció Macri hace dos años, en un intento por mostrarse activo y por recortar la demoledora ventaja que le había sacado Alberto Fernández en las PASO.

En definitiva, pocas diferencias con lo que se ve en estos días en los que el gabinete renovado trata de mostrarse hiperactivo y aferrarse a la receta de una medida todos los días para intentar "cambiar el humor social".

Claro que la percepción cambia según de qué lado del mostrador se encuentre uno. Y es por eso que hoy la Mesa Nacional de Juntos por el Cambio se muestra indignada por el hecho de que los peronistas "van a usar fondos públicos para la elección".

En todo caso, la gran pregunta es si esa estrategia dará o no resultado. En 2019 Macri no pudo mejorar el ánimo social ante una recesión profunda, pero sí pudo recortar diferencias gracias a la mayor afluencia de votantes cuando llegaron las elecciones "de verdad". Algo con similitudes a lo que pretende el Frente de Todos. Y los analistas de opinión pública creen que en noviembre la respuesta de las urnas podría ser parecida a la de dos años atrás.

¿La plata cambia el humor social?

Pero no todos piensan así. En estos días de confesiones sin filtro y con honestidad brutal, Daniel Gollán, el segundo candidato a diputado por Buenos Aires en la lista oficialista, tuvo una frase que encendió una polémica instantánea: "Con un poco más de platita en el bolsillo, la foto de Olivos no hubiese molestado tanto".

Previsiblemente, hubo reacciones indignadas, porque la frase implicaba cierto desprecio por el dolor de quienes perdieron seres queridos en la pandemia. Y la oposición aprovechó para fustigar con dureza: "La dignidad no se compra con plata", fue la frase más escuchada.

Sin embargo, se debería reconocer al ex ministro de salud bonaerense que acaso no esté tan errado en su polémica frase. Después de todo, los antecedentes sobran: en 2011, estalló en plena campaña electoral el escándalo por corrupción con los programas de vivienda "Sueños Compartidos", que involucraban al entonces candidato a vicepresidente Amado Boudou. Pero eso no fue obstáculo para que el kirchnerismo arrasara en las urnas, en medio de un boom consumista.

Y, por otra parte, la asistencia económica y los regalos "en especie" en plena campaña electoral forman ya parte de una tradición nacional. Es lo que hace que, a pesar de las críticas y las denuncias, muchos políticos en campaña -particularmente gobernadores e intendentes- apuesten sus fichas a las prácticas clientelares.

No es que sólo el peronismo se haya valido de la estratagema, pero sí lo ha perfeccionado hasta niveles insospechados. Incluye el recordado caso en la campaña bonaerense de 1999, cuando el regalo consistía en una única zapatilla cuyo par se completaba tras el resultado electoral.

Pero quienes tal vez hayan llevado esta táctica electoral a un grado superlativo fueron los hermanos Rodríguez Saa, que tras haber perdido las PASO en 2017 dieron vuelta la elección legislativa. La proeza se consiguió tras una intensa campaña en la que, a escala masiva, se le preguntó a los votantes qué necesitaban. Fue así que con el dinero de las arcas provinciales se produjo un reparto de electrodomésticos, dinero en efectivo y también promesas de puestos de trabajo.

Resultado: tras haber perdido por una diferencia de 16 puntos en las primarias, ganaron por 10 puntos en las "de verdad". El propio Adolfo Rodríguez Saa, que calificó de "una epopeya casi imposible", dijo que no había ningún manual de política que explicara cómo se podía lograr esa remontada, mientras la oposición denunciaba el uso descarado de los dineros públicos para ganarse el favor de los votantes.

Pese a ser aliados del Gobierno, las organizaciones piqueteras intensificaron su protesta y proclaman el agotamiento del modelo asistencialista

¿Crisis del asistencialismo?

Aunque parezca extraño, entre los que se muestran escépticos y poco entusiasmados con las mejoras económicas pre-electorales, desde los bonos extraordinarios hasta los regalos de electrodomésticos, son los líderes de los movimentos sociales.

Estos aliados ya advirtieron que el esquema de asistencia social que se estuvo implementando en los últimos 20 años está agotado: ahora se lo quiere sustituir por uno que reconozca a los marginales como trabajadores y que, como tales, tengan salario y todos los derechos del empleado formal.

La crítica llegó al punto de que calificaron iniciativas como la Tarjeta Alimentar como "pan para hoy y hambre para mañana". Y han dejado saber su descontento con marchas masivas al ministerio de Desarrollo Social, bajo la gigantografía de Evita.

Esta situación es lo que ha llevado a algunos de los analistas políticos más lúcidos, como Jaime Duran Barba, a hablar del "colapso del peronismo".

Su argumento es inquietante: "Solo un país rico como Argentina puede entregar de alguna manera recursos económicos mensuales a una mitad de la población para mantenerla en la pobreza. Si otro país intenta hacerlo, quiebra inmediatamente. Pero ese esquema de financiar a tantas personas en la pobreza llegó a un límite. No es viable, porque el actual gobierno está incrementando la cantidad de personas que reciben uno u otro tipo de emolumentos. No existe el dinero para pagarlo.

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