EJERCICIO

¿Mejor comer antes o después de entrenar?: Los sutiles efectos biológicos que descubrió la ciencia

Especialistas explican qué pasa en el organismo al entrenar sin desayunar y por qué los resultados no siempre coinciden con las tendencias de las redes
Por J.M.
SALUD - 27 de Mayo, 2026

El debate sobre si es más conveniente realizar actividad física con el estómago vacío o después de haber ingerido alimentos se ha convertido en uno de los tópicos más virales dentro de la cultura del fitness moderno. En las plataformas digitales, cientos de creadores de contenido y promotores del bienestar aseguran de forma tajante que los entrenamientos en ayunas son el secreto definitivo para acelerar el metabolismo, quemar grasa con mayor rapidez y optimizar los resultados del gimnasio. La premisa detrás de esta tendencia parece lógica y sencilla: al no haber incorporado comida desde la noche anterior, el cuerpo se ve obligado a recurrir de inmediato a sus reservas energéticas para poder correr, caminar o levantar pesas.

Desde una perspectiva estrictamente fisiológica, la ciencia médica respalda parte de ese argumento inicial. Tras un ayuno nocturno de entre 8 y 12 horas, el organismo entra en un estado biológico muy diferente al que presenta tras el desayuno. Los niveles de insulina -la hormona encargada de almacenar y utilizar las calorías- caen de forma drástica, mientras que el glucógeno hepático (los carbohidratos almacenados en el hígado que mantienen estable el azúcar en sangre) se encuentra parcialmente disminuido. Al haber menos glucosa disponible para el esfuerzo, el cuerpo activa hormonas como la adrenalina y la somatotropina, lo que moviliza los ácidos grasos para utilizarlos como combustible de emergencia. Sin embargo, los expertos advierten que analizar solo este momento puede llevar a conclusiones erróneas.

En un reciente artículo de investigación publicado por la prestigiosa National Geographic, diversos científicos analizaron a fondo este fenómeno y arrojaron luz sobre las verdaderas consecuencias de la práctica. "Existe una distinción importante entre lo que sucede de forma aguda durante un entrenamiento y lo que realmente importa a lo largo del tiempo", advirtió el doctor Nicholas Tiller, coautor de diversos estudios temáticos e investigador asociado en el Instituto Lundquist del Centro Médico Harbor-UCLA. El especialista aclaró que, si bien el ayuno altera la procedencia del combustible que el cuerpo quema en el instante, "la fisiología a corto plazo es mucho más clara que la historia del rendimiento y los resultados a largo plazo".

Entrenar en ayunas: el truco de los dos tanques de combustible y sus límites

Para comprender de qué manera el cuerpo obtiene su energía, el doctor Tiller apela a una metáfora automotriz y compara al organismo con un vehículo que posee dos tanques de combustible: uno de acceso rápido, alimentado por las comidas recientes, y un tanque de reserva, compuesto por la grasa acumulada. Cuando una persona entrena sin haber desayunado, el primer tanque se encuentra completamente vacío, obligando al sistema muscular a iniciar un proceso conocido como lipólisis, es decir, la descomposición y oxidación de las reservas de grasa para sostener el esfuerzo físico.

Investigaciones internacionales validadas respaldan que las tasas de oxidación de grasa son significativamente más elevadas si una rutina se realiza en ayunas en comparación con el mismo esfuerzo ejecutado tras una ingesta rica en carbohidratos. El problema radica en que este pico de quema de grasa localizado no se traduce de manera lineal en una mayor pérdida de peso corporal total al final del mes. La biología humana tiende a compensar los desequilibrios de forma posterior: si el cuerpo oxidó una gran cantidad de lípidos durante la mañana en el gimnasio, suele compensar el resto del día quemando menos tejido graso en estado de reposo o incrementando de forma drástica los niveles de apetito para recuperar la energía perdida, volviendo a foja cero el balance calórico.

La intensidad del esfuerzo y el veredicto final de la ciencia

La efectividad de entrenar sin comer depende también del tipo y de la intensidad del estímulo físico que se elija. Los científicos especializados en fisiología del ejercicio explican que el cuerpo tiende a quemar más grasa como combustible principal únicamente durante los entrenamientos de intensidad baja o moderada, como caminar o realizar un trote suave. Sin embargo, a medida que la exigencia física aumenta y se pasa a ritmos de alta intensidad o series pesadas de fuerza, el organismo requiere de manera obligatoria carbohidratos y glucógeno para responder al esfuerzo. Si el músculo no los encuentra disponibles en el torrente sanguíneo, la calidad del entrenamiento disminuye drásticamente, provocando fatiga prematura.

La conclusión científica actual derriba las promesas mágicas del marketing digital. Los estudios de seguimiento a largo plazo demostraron que, si se mantiene un mismo balance de calorías diarias, no existen diferencias significativas en la pérdida de grasa corporal total entre aquellas personas que entrenan en ayunas y quienes lo hacen habiendo desayunado previamente. En definitiva, los expertos sugieren que la elección debe basarse exclusivamente en la comodidad personal y las sensaciones de cada deportista: si entrenar sin comer genera mareos o debilidad, es preferible realizar una ingesta ligera previa, entendiendo que el verdadero secreto de la salud reside en la regularidad y el sostén del hábito a lo largo de las semanas.

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