¿Dólar atrasado?: qué puede pasar con los precios, los salarios y el consumo si se devalúa
Puntos importantes
Luego de que Alberto Ades reabriera el debate sobre el tipo de cambio al advertir que el dólar está casi 30% por debajo de su promedio histórico. Sin embargo, el superávit fiscal y comercial, el crecimiento de Vaca Muerta y la minería plantean un escenario diferente al de otras crisis cambiarias. Qué opciones tiene el Gobierno y cómo impactaría una devaluación en la economía cotidiana.
Dólar atrasado: la advertencia de Ades que reabrió el debate
El dólar volvió al centro de la discusión económica. El disparador fue Alberto Ades, economista argentino con trayectoria en Wall Street, quien planteó una pregunta incómoda para el programa económico de Javier Milei: ¿el tipo de cambio actual es compatible con una recuperación sostenida de la actividad y el empleo?
Según el diagnóstico atribuido a Ades, el tipo de cambio real se encuentra aproximadamente 29% por debajo del promedio de los últimos 23 años. La comparación incluye períodos de fuerte volatilidad y distintos regímenes económicos, por lo que no implica que el dólar deba subir automáticamente ese porcentaje. Sin embargo, vuelve a poner sobre la mesa el problema de la competitividad de las empresas que producen en la Argentina y deben competir con bienes importados.
El economista identificó tres caminos para modificar esa relación de precios: profundizar el superávit fiscal, aplicar una devaluación nominal o impulsar reformas que eleven la productividad. Cada alternativa tiene costos, plazos y consecuencias diferentes.
La discusión no se limita a determinar si el dólar está caro o barato. El interrogante central es cuánto puede sostenerse un peso fuerte sin perjudicar a la industria, las economías regionales, el turismo receptivo y otras actividades que necesitan exportar o competir con productos extranjeros.
La advertencia sobre la apreciación cambiaria tampoco equivale a reclamar una devaluación inmediata. El punto es determinar si la productividad y la capacidad exportadora pueden crecer lo suficiente como para sostener un peso relativamente fuerte sin profundizar las dificultades de los sectores que todavía no logran adaptarse.
¿El dólar está atrasado o la economía está cambiando?
La medición del atraso cambiario no tiene una respuesta única. El tipo de cambio real compara la cotización nominal del dólar con la evolución de los precios internos y externos. Cuando los precios argentinos aumentan más rápido que los de sus socios comerciales y el dólar no acompaña esa diferencia, el peso se aprecia en términos reales.
Esa apreciación abarata los productos importados, favorece a quienes viajan al exterior y mejora el poder de compra internacional de los ingresos que acompañan la inflación. Pero también encarece, medidos en dólares, los costos locales de las empresas exportadoras y de las industrias que compiten con productos extranjeros.
La comparación histórica de Ades aporta una referencia, no un precio de equilibrio indiscutible. La Argentina atravesó períodos de controles cambiarios, brechas elevadas, crisis de reservas, defaults y cambios abruptos de régimen económico. Por eso, el promedio de más de dos décadas no puede trasladarse mecánicamente a la cotización actual.
Tampoco es igual la situación presente a la de 2017, cuando la apreciación del peso precedió a la crisis cambiaria de 2018. En aquel momento, el déficit fiscal financiero rondaba el 6% del PBI y la economía dependía del financiamiento externo. En el escenario actual, el Gobierno cuenta con superávit fiscal y una posición comercial más favorable, aunque persisten interrogantes sobre la acumulación de reservas y el acceso al crédito internacional.
La diferencia no elimina los riesgos cambiarios, pero modifica la naturaleza del problema. Una economía puede tener sus cuentas fiscales ordenadas y exportaciones crecientes y, aun así, enfrentar dificultades para acumular reservas, financiar importaciones y atender compromisos externos.
Vaca Muerta y la minería: los dólares que cambian la discusión
Uno de los argumentos para relativizar el riesgo de atraso cambiario es el crecimiento de sectores capaces de generar divisas a gran escala. La energía y la minería están modificando la estructura del comercio exterior argentino y pueden reducir una de las restricciones históricas de la economía: la escasez recurrente de dólares.
El sector energético es el ejemplo más visible. Según datos difundidos por iProfesional, el aumento en los combustibles acumuló un superávit de u$s7.834 millones entre enero y agosto de 2026, impulsada por la producción petrolera, las exportaciones y la sustitución de importaciones. El resultado fue 69,6% superior al del mismo período de 2025. La nota sobre el superávit energético detalla el aporte del crudo neuquino.
Vaca Muerta no solo permite exportar más petróleo y gas. También abre oportunidades para inversiones en infraestructura, transporte, servicios especializados y proveedores industriales. A medida que se amplíen la capacidad de transporte y las instalaciones de exportación, el sector podría generar más divisas y reducir las importaciones de combustibles.
La minería presenta una dinámica similar, aunque con plazos diferentes. El litio, el oro y otros minerales pueden aumentar las exportaciones a medida que maduren los proyectos de inversión. El índice de producción industrial minero del INDEC creció 8,4% interanual en agosto de 2026 y acumuló una suba de 7,9% en los primeros ocho meses del año. Estos sectores plantean una diferencia sustancial respecto de otras etapas de la historia argentina: el país tiene posibilidades concretas de ampliar su oferta de dólares sin depender exclusivamente de las cosechas agrícolas o de la llegada de capital financiero.
Sin embargo, una mayor disponibilidad de divisas no resuelve automáticamente el problema cambiario. Parte de los ingresos debe destinarse a inversiones, importación de equipos, pago de servicios y compromisos financieros. Además, el crecimiento energético y minero no garantiza que la industria, el comercio y las economías regionales aumenten su productividad al mismo ritmo. El riesgo es que una economía con exportaciones concentradas en sectores muy competitivos conviva con actividades que pierdan participación frente a las importaciones. Las cuentas externas podrían mejorar sin que el empleo y los ingresos se recuperen de manera homogénea.
¿Puede haber una devaluación con superávit fiscal y comercial?
La posibilidad de una corrección cambiaria no desaparece porque el Gobierno registre superávit fiscal y la balanza comercial tenga saldo positivo. Pero esos resultados modifican las condiciones en las que podría producirse. En las crisis tradicionales, la devaluación suele aparecer después de una acumulación de desequilibrios: déficit fiscal, endeudamiento creciente, pérdida de reservas, restricciones al financiamiento y dificultades para atender los pagos externos. La corrección termina siendo impuesta por la falta de dólares y la pérdida de confianza.
Un escenario con superávit fiscal y comercial permite discutir alternativas. El Gobierno puede intentar acumular reservas, sostener el esquema cambiario y esperar que las exportaciones y la productividad aumenten. También podría modificar el ritmo de ajuste de las variables nominales, aunque cualquier decisión tendría consecuencias sobre los precios, las tasas y las expectativas. Una de las vías es profundizar el superávit fiscal. Eso permitiría generar más margen para comprar divisas sin recurrir a una expansión monetaria adicional, aunque exigiría decisiones fiscales que pueden limitar el gasto y la actividad, especialmente si afectan la inversión pública, las transferencias o los ingresos de los hogares.
Otra alternativa es una devaluación nominal discreta. El dólar sube frente al peso y mejora inicialmente la competitividad de los exportadores y de las empresas que compiten con productos importados. Pero esa ventaja depende de cuánto del salto cambiario se traslade a los precios internos. Si los costos y los salarios aumentan rápidamente, la mejora del tipo de cambio real se reduce. La economía puede atravesar un período de inflación más elevada sin obtener una ventaja competitiva duradera.
La tercera vía es mejorar la productividad mediante infraestructura, crédito, inversión, menores costos logísticos y reducción de impuestos distorsivos. Es un proceso más lento y desigual, pero puede mejorar la competitividad sin exigir necesariamente una devaluación. Las alternativas no son excluyentes, por lo que el Gobierno puede combinar acumulación de reservas, disciplina fiscal y reformas productivas, aunque deberá administrar los costos de transición.
En qué se diferencia el atraso del dólar actual del antecedente de 2017
La comparación con 2017 resulta inevitable porque la apreciación cambiaria de aquel período terminó asociada con una crisis financiera y cambiaria en 2018. Sin embargo, las semejanzas no deben ocultar las diferencias. En aquella etapa, el déficit fiscal y la dependencia del financiamiento externo constituían vulnerabilidades importantes. Cuando se cerró el acceso a los mercados, la economía quedó expuesta a una corrección abrupta.
El esquema actual parte de un orden fiscal más estricto y de una balanza energética más favorable. La expansión de Vaca Muerta y la maduración de proyectos mineros ofrecen una fuente de dólares que entonces tenía una escala menor. Pero tener superávit comercial no significa que todos los dólares de las exportaciones se conviertan en reservas del Banco Central. La demanda privada de divisas, los pagos de deuda, los giros al exterior y la cuenta de servicios influyen sobre el resultado final.
Por eso, la sostenibilidad del esquema no depende únicamente de que el dólar esté más alto o más bajo, sino de la capacidad de acumular reservas y atender los compromisos externos sin recurrir a ajustes desordenados.
Qué pasaría con la actividad, los salarios, los precios y el consumo
Una eventual devaluación tendría efectos diferentes según el sector económico y la situación de cada hogar. El primer impacto se observaría en los precios de los bienes importados y de los productos nacionales que utilizan insumos del exterior. Los alimentos también podrían verse afectados por el encarecimiento de insumos, fertilizantes, maquinaria y transporte, aunque el traslado dependería de la estructura de costos y de las condiciones de oferta y demanda. Los combustibles, los equipos electrónicos, los medicamentos con componentes importados y los bienes durables serían otros rubros sensibles.
La velocidad y la magnitud del traslado a precios determinarían cuánto duraría la mejora del tipo de cambio real. Si la inflación se acelera, el efecto competitivo de la devaluación se diluye.
Los salarios serían uno de los principales puntos de tensión. Si los ingresos nominales se ajustan después de los precios, los trabajadores pierden poder adquisitivo. Las jubilaciones, las prestaciones sociales y los ingresos informales también pueden quedar rezagados, según sus mecanismos de actualización. El consumo podría resentirse por dos vías: la caída del salario real y el encarecimiento de los bienes durables. Las familias tenderían a postergar compras de electrodomésticos, automóviles y otros productos de mayor valor, mientras destinan una proporción más alta de sus ingresos a alimentos, servicios y gastos esenciales.
El crédito también sería determinante. Si la incertidumbre cambiaria obliga a mantener tasas elevadas, las cuotas de los préstamos y el financiamiento comercial pueden dificultar la recuperación de las ventas. En cambio, una corrección ordenada, acompañada de estabilidad financiera y recuperación de los ingresos, tendría consecuencias diferentes de una devaluación en medio de una crisis de confianza.
Para las empresas, el balance sería igualmente dispar. Los exportadores podrían recibir más pesos por cada dólar vendido, mientras que las industrias orientadas al mercado interno podrían beneficiarse de una menor competencia importada. Pero las firmas con deudas en dólares, insumos importados o escaso margen para aumentar precios enfrentarían mayores costos.
La construcción y el turismo receptivo también podrían mejorar su posición relativa. Una Argentina más barata en dólares puede atraer visitantes extranjeros y hacer más competitivos determinados proyectos. Sin embargo, esos beneficios no compensan necesariamente la pérdida de poder adquisitivo de los consumidores locales.
La pregunta de fondo: cuánto puede durar un dólar fuerte
El debate abierto por Ades refleja una tensión central del programa económico. La estabilidad cambiaria ayuda a moderar las expectativas de inflación y mejora la capacidad de compra internacional de los ingresos. Al mismo tiempo, un peso apreciado puede dificultar la adaptación de empresas que compiten con importaciones y de sectores que todavía no alcanzaron niveles elevados de productividad. La expansión de Vaca Muerta y la minería puede aliviar la restricción externa y permitir una economía con mayor disponibilidad estructural de divisas. Pero para que ese crecimiento se traduzca en más empleo, mejores salarios y consumo sostenido, será necesario que parte de la inversión y de los ingresos generados se extienda al resto de las actividades.
No existe una cotización única que garantice por sí sola el equilibrio. Un dólar más alto puede favorecer a ciertos sectores, pero también reducir los salarios reales y encarecer los insumos. Un dólar más bajo puede contribuir a la desinflación y abaratar importaciones, pero aumentar la presión sobre las empresas menos competitivas.
La discusión no se resuelve con una devaluación automática del 29% ni con la defensa incondicional de la cotización vigente. El interrogante es si la Argentina puede sostener un tipo de cambio real compatible con la estabilidad de precios, la acumulación de reservas y una recuperación más amplia de la actividad. La respuesta dependerá tanto de la evolución de las exportaciones como de la capacidad de mejorar la productividad y evitar que la transición deje a una parte de la economía fuera del proceso de crecimiento.