Lula ganó en Brasil y frenó el avance de la derecha en Sudamérica
En la Argentina, Milei llegó a la Casa Rosada en diciembre de 2023, después de derrotar al peronismo en el balotaje. Su gobierno impulsó un programa centrado en el equilibrio fiscal, la desregulación y la reducción del gasto público, con una agenda política e ideológica distante de la que sostiene Lula.
Las diferencias entre ambos presidentes también se reflejan en sus posiciones internacionales. Mientras Milei mantiene una estrecha identificación política con Donald Trump, Lula defiende una mayor autonomía diplomática de Brasil y un papel activo del Estado en la economía. Pese a esas divergencias, los dos países tienen intereses comerciales compartidos que condicionan su relación bilateral.
En Chile, José Antonio Kast ganó las elecciones presidenciales de 2025 y asumió en marzo de 2026, tras el gobierno de Gabriel Boric. Su campaña estuvo marcada por las demandas de mayor seguridad, el control de la inmigración y el orden público. El resultado representó un cambio de orientación respecto de la administración de izquierda que había gobernado desde 2022.
Bolivia también modificó su escenario político. Rodrigo Paz ganó las elecciones de 2025 y puso fin al predominio del Movimiento al Socialismo (MAS), que había encabezado el gobierno durante buena parte de las dos décadas anteriores. La elección se desarrolló en un contexto de dificultades económicas, escasez de divisas y combustibles y desgaste del oficialismo.
Aunque los tres casos ampliaron la presencia de fuerzas de derecha o centroderecha, sus trayectorias son diferentes. Milei llegó con una fuerza política nueva; Kast capitalizó demandas vinculadas a la seguridad y el orden público, y Paz se impuso en un escenario de crisis económica y fragmentación del espacio que había gobernado Bolivia.
Ecuador, Perú y Colombia sumaron gobiernos de derecha en medio de crisis de seguridad
En Ecuador, Daniel Noboa fue reelegido en 2025 en medio de una crisis de seguridad vinculada al crecimiento de las organizaciones criminales y la violencia. Su gobierno mantuvo una estrategia de endurecimiento frente al delito, uno de los principales temas de la agenda política nacional.
En Perú, Keiko Fujimori llegó a la presidencia en 2026, después de varios intentos electorales y de una prolongada crisis institucional. El país atravesó sucesivos cambios de gobierno, conflictos entre el Ejecutivo y el Congreso y una creciente preocupación por la delincuencia. La llegada de Fujimori se produjo en ese escenario de inestabilidad y desconfianza hacia las instituciones políticas.
Colombia también modificó su orientación con la victoria de Abelardo de la Espriella en 2026, que puso fin al gobierno de Gustavo Petro, el primer presidente de izquierda de la historia reciente del país. El resultado reforzó la presencia de fuerzas conservadoras en una región donde Petro había constituido uno de los principales aliados políticos de Lula.
Los casos de Ecuador, Perú y Colombia muestran que el avance de la derecha no responde a una única causa: la seguridad pública, las dificultades económicas, la crisis de representación y el desgaste de los gobiernos en ejercicio influyeron, con distinto peso, en cada proceso electoral.
Por eso, la sucesión de victorias conservadoras no necesariamente implica que todos los electorados hayan experimentado un giro ideológico permanente. En algunos casos, el resultado también puede interpretarse como un rechazo a los oficialismos y a su capacidad para responder a las demandas sociales.
Paraguay mantiene su continuidad colorada mientras Uruguay regresa a la izquierda
Paraguay constituye otro componente del mapa regional. Santiago Peña, del Partido Colorado, asumió la presidencia en agosto de 2023 y mantuvo el predominio de una fuerza que gobierna el país durante buena parte de las últimas siete décadas, con la interrupción del período de Fernando Lugo.
A diferencia de los cambios que llevaron a Milei, Kast o Paz al poder, el caso paraguayo responde a una continuidad partidaria. El Partido Colorado cuenta con una estructura política y territorial consolidada y mantiene posiciones conservadoras en distintos temas de la agenda pública.
La permanencia de Peña también tiene consecuencias para la integración regional. Paraguay comparte con Brasil y la Argentina intereses comerciales, energéticos y vinculados al funcionamiento del Mercosur, aunque las diferencias políticas pueden condicionar las negociaciones sobre el rumbo del bloque.
Frente al avance de la derecha, Uruguay conserva un gobierno progresista. Yamandú Orsi, del Frente Amplio, asumió en marzo de 2025 después de derrotar al oficialismo de centroderecha que había gobernado durante el mandato de Luis Lacalle Pou.
El regreso del Frente Amplio al poder permitió mantener un espacio de coincidencia política con Brasil, especialmente en materia de integración regional y cooperación. Sin embargo, las afinidades ideológicas no garantizan acuerdos automáticos sobre comercio, inversiones o funcionamiento del Mercosur.
Fuera de Sudamérica, México, bajo la presidencia de Claudia Sheinbaum, constituye otro de los principales gobiernos de izquierda de América Latina. Su peso demográfico y económico le otorga relevancia en el escenario regional, aunque sus prioridades y su relación con Estados Unidos difieren de las de Brasil.
Venezuela, por su parte, atraviesa una situación institucional excepcional, con Delcy Rodríguez al frente del gobierno como presidenta encargada tras la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, según el escenario político vigente. Su caso requiere una consideración aparte por la crisis institucional y las controversias sobre la legitimidad de sus autoridades.
De esta manera, la región presenta una distribución heterogénea: la derecha y la centroderecha gobiernan en varios de los principales países sudamericanos, mientras Brasil y Uruguay mantienen administraciones de izquierda. Las diferencias económicas, institucionales y políticas entre esos países impiden reducir el mapa a una única disputa ideológica.
Qué significa la victoria de Lula para Milei y el futuro del Mercosur
Para el gobierno argentino, la continuidad de Lula significa que Brasil seguirá encabezado por un dirigente con posiciones ideológicas diferentes de las de Milei. La relación bilateral deberá desenvolverse entre esas divergencias y los intereses económicos que comparten ambos países.
Brasil es el principal socio comercial de la Argentina dentro del Mercosur y un mercado central para las exportaciones industriales argentinas. La relación entre las dos mayores economías del bloque influye en el comercio, las cadenas de producción y las negociaciones sobre integración regional.
Por eso, la distancia política entre Milei y Lula no elimina la necesidad de mantener canales de diálogo. Los dos gobiernos deben gestionar cuestiones vinculadas al intercambio comercial, las inversiones y el funcionamiento del bloque, aun cuando sus propuestas económicas y sus prioridades internacionales sean diferentes.
El resultado también conserva a Brasil como un actor con capacidad para contrapesar la influencia de los gobiernos de derecha y la orientación internacional de Trump. La relación entre Brasilia y Washington seguirá siendo relevante, en particular por las diferencias comerciales y diplomáticas que atravesaron ambos países.
Sin embargo, el triunfo de Lula no garantiza una mayor coordinación entre los gobiernos progresistas de América Latina. Las prioridades nacionales, las diferencias sobre política comercial y las limitaciones internas de cada administración pueden dificultar la construcción de una estrategia común.
El desafío interno de Lula: un Congreso adverso y un país partido al medio
La victoria presidencial convive con otro dato central de la política brasileña: el fortalecimiento de los sectores conservadores en el Congreso. Ese escenario obligará al oficialismo a negociar con otras fuerzas para avanzar con sus iniciativas y sostener su agenda legislativa.
El resultado del balotaje también mostró una sociedad dividida. Flávio Bolsonaro había terminado primero en la primera vuelta, con el 47,03% de los votos válidos, frente al 45,16% de Lula. En la segunda ronda, el presidente consiguió revertir la diferencia, pero la distancia final de poco más de tres puntos porcentuales refleja la competitividad del espacio opositor.
Durante la campaña, la seguridad, el costo de vida y el rumbo económico estuvieron entre los principales temas de discusión. Bolsonaro hizo hincapié en el combate al delito y en la reducción de los precios de los alimentos, mientras que Lula defendió la continuidad de sus políticas sociales y la soberanía brasileña.
El presidente deberá responder a esas demandas en un contexto en el que la oposición conserva una base electoral importante y capacidad de influencia parlamentaria: la reelección le da continuidad al proyecto del PT, pero no elimina las restricciones políticas que enfrentará durante el próximo mandato.
La experiencia reciente de América Latina también muestra que los triunfos electorales no garantizan respaldos duraderos. En varios países, los votantes modificaron sus preferencias ante las dificultades económicas, la inseguridad o la falta de respuestas de los gobiernos. Lula logró conservar el poder en Brasil, aunque deberá afrontar esas mismas exigencias.
Su desafío tendrá dos dimensiones. En el frente interno, deberá sostener el apoyo social y construir acuerdos legislativos; en el externo, preservar la influencia internacional de Brasil en una región donde varios de sus vecinos tienen gobiernos con prioridades políticas diferentes.
La victoria frena la expansión electoral de la derecha en el país más grande de Sudamérica, pero no revierte el predominio de las fuerzas conservadoras en buena parte de la región. El nuevo equilibrio dependerá de la evolución de cada gobierno y de su capacidad para responder a las demandas de sus sociedades.