Depósitos en dólares alcanzan récord en 26 años y Caputo quiere que revitalicen la economía
"Nos van a salir dólares por las orejas" suele repetir Javier Milei. Luis Caputo piensa lo mismo. Un diagnóstico, basado en el potencial de generación de divisas que tiene la economía argentina, mezclado con la confianza que el Gobierno genera en los mercados financieros y, hay que decirlo, en la menor demanda de billetes verdes que generan el consumo y la industria, al menos en estos momentos.
Por ahora, el escenario luce más que bien.
Y el Gobierno quiere activar mecanismos para que esos fondos sirvan para encender una actividad económica a la que no resulta fácil levantar.
Dólares récord: la estrategia oficial para ponerlos en movimiento
El Gobierno apuesta en dos vías distintas. Por un lado, va por un nuevo proyecto de "inocencia fiscal", que quite barreras para convencer a quienes tengan billetes en el "colchón" para que los "ponga a trabajar", en lugar de mantenerlos fuera del sistema.
Por el otro, Caputo ya demostró su interés en que los bancos puedan volver a prestar en moneda dura en forma generalizada, tal como existía antes de la explosión de la convertibilidad.
No es fácil: el propio ministro reconoció que eso depende de una modificación legislativa. Lo cierto es que la mayoría de los bancos se resisten a un plan tan abarcativo por el temor a que el descalce de monedas produzca una crisis sistémica como en los años de la salida del uno a uno.
El stock de depósitos en dólares del sector privado llegó a u$s40.437 millones, el registro más elevado desde el año 2000.
La cifra refleja un crecimiento de alrededor de u$s26.000 millones respecto de diciembre de 2023 y constituye uno de los cambios más notorios del sistema financiero durante la gestión de Milei.
El dato tiene una doble lectura.
Por un lado, confirma el regreso de una parte importante de los dólares de los argentinos al circuito formal, impulsado primero por el blanqueo de capitales y luego por un escenario de mayor estabilidad cambiaria y una inflación en retroceso.
Por otro, plantea un desafío para el equipo económico: cómo transformar esa montaña de divisas en crédito, inversión y mayor nivel de actividad sin poner en riesgo la solidez del sistema financiero.
Es justamente ese el objetivo del Gobierno. La apuesta es que los dólares que hoy permanecen inmovilizados en los bancos comiencen a financiar proyectos productivos y ayuden a acelerar la recuperación económica.
El tesoro que todavía permanece inmóvil
Aunque el crédito en dólares también mostró una fuerte expansión, todavía existe una brecha significativa entre los depósitos y los préstamos.
El financiamiento al sector privado en moneda estadounidense ya ronda los u$s23.000 millones, un salto considerable respecto del inicio de la actual administración. Se trata de fondos prestados a compañías exportadoras.
Sin embargo, si se compara esa cifra con los depósitos, surge que todavía hay aproximadamente u$s17.000 millones que permanecen líquidos dentro del sistema financiero.
Se trata de recursos que los bancos aún no lograron canalizar hacia empresas o proyectos de inversión.
Para el Gobierno, ese dinero representa una oportunidad: si una mayor proporción de esos fondos comienza a convertirse en préstamos, podría generarse un impulso adicional sobre la inversión privada sin necesidad de emitir pesos ni incrementar el gasto público.
En otras palabras, la Casa Rosada pretende que el crecimiento económico encuentre una fuente adicional de financiamiento dentro del propio sistema bancario.
Con ese objetivo, el Banco Central decidió hace algunas semanas dar un paso que el mercado esperaba desde hacía tiempo.
La autoridad monetaria flexibilizó las condiciones para otorgar créditos en dólares. Hasta ahora, la regla general consistía en prestar prácticamente de manera exclusiva a empresas que generaban divisas, como exportadores del sector agropecuario, petrolero, minero o a industrias con ventas al exterior.
La lógica detrás de esa política era sencilla: quien cobra en dólares tiene menores riesgos para devolver una deuda denominada en esa moneda.
La nueva normativa amplía ese universo. A partir de ahora, empresas que no exportan también podrán acceder a préstamos en dólares siempre que cuenten con garantías otorgadas por compañías que sí generan divisas.
La intención oficial consiste en ampliar la demanda de crédito sin alterar uno de los principios que el sistema financiero argentino incorporó después de la crisis de 2001: evitar que se multipliquen los descalces cambiarios.
El recuerdo de las viejas crisis sigue condicionando
Ese es, precisamente, el principal límite que observan los economistas.
Si bien consideran que la flexibilización puede ayudar a incrementar el volumen de préstamos, advierten que el margen de expansión continúa condicionado por un riesgo que Argentina conoce demasiado bien.
El problema aparece cuando una empresa obtiene un crédito en dólares, pero sus ingresos están denominados en pesos: mientras el tipo de cambio permanece estable, la operatoria puede resultar conveniente, pero una devaluación significativa puede disparar el peso de esa deuda y deteriorar rápidamente la capacidad de pago del deudor.
Lo dicho más arriba: ese fenómeno, conocido como descalce cambiario, fue uno de los factores que agravó la crisis financiera de comienzos de siglo y explica por qué los bancos argentinos mantienen una política mucho más conservadora que la observada en otros países.
En la práctica, las entidades financieras prefieren resignar parte del negocio antes que asumir un riesgo que pueda comprometer la calidad de sus carteras.
El récord de depósitos refleja, además, un cambio en el comportamiento de los ahorristas.
Aun con depósitos dolarizados en niveles récord, buena parte de los dólares permanecen fuera del sistema financiero, guardados en cajas de seguridad o directamente "bajo el colchón".
Para el Gobierno ya no alcanza con que los dólares ingresen al sistema. El objetivo pasa por conseguir que circulen dentro de la economía y financien inversión, producción y empleo.
Dadas las regulaciones existentes, no será un proceso automático.
Si una parte de esos u$s17.000 millones que hoy permanecen inmovilizados comienza a transformarse en préstamos, la economía podría sumar un motor adicional de crecimiento sin recurrir a políticas expansivas tradicionales.