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Tras la reacción favorable del mercado, ahora el Gobierno trata de "venderle" el canje de deuda a la militancia K

Tras la reacción favorable del mercado, ahora el Gobierno trata de "venderle" el canje de deuda a la militancia K

Tras la reacción favorable del mercado, ahora el Gobierno trata de "venderle" el canje de deuda a la militancia K
El retroceso tras la dura postura inicial -con u$s15.000 millones de incremento- llevó a apurar anuncios económicos para contrarrestar críticas internas
Por Fernando Gutiérrez
08.07.2020 06.50hs Política

Hay elogios que matan. Ya a la militancia kirchnerista le resultaba algo difícil de asimilar el hecho de que el nuevo aliado del Gobierno argentino para la renegociación de la deuda fuera el mismísimo Fondo Monetario Internacional –que llegó al extremo inédito de emitir un comunicado de apoyo casi redactado a pedido de Martín Guzmán- pero nadie estaba preparado para la felicitación de Luis "Toto" Caputo.

El ex ministro de Finanzas macrista -el mismo que convenció a los fondos más grandes del mundo que compraran un bono en pesos a tasa fija, el mismo que recibía el ambiguo elogio de Cristina Kirchner por ser "el único del equipo de Macri que trabaja todo el día emitiendo deuda", el mismo al que se denunció de ser parte del entramado ilegal de las offshore en Panamá- fue el inesperado protagonista del día en que se formalizó el anuncio del canje de la deuda.

"Muy buena propuesta de canje. Con niveles de NPV aceptables para los acreedores y acordes a las posibilidades del país. Muy buen diseño de los incentivos, desalentando el ser holdout. Una propuesta justa que debiera tener una alta participación", escribió Caputo ni bien se conocieron los detalles de la nueva oferta.

Y ese hecho anecdótico deja al descubierto el desafío político que tiene ahora Alberto Fernández: una vez obtenido el apoyo mayoritario de los acreedores, hay que "venderle" el canje al público interno, en particular a la militancia kirchnerista. Es ese público que le dio al Presidente buena parte de los votos después de haber escuchado una campaña en la que se habló sobre una deuda tomada para fugar capitales y que resultaba impagable si no se hacía una reestructuración sustancial.

Como está quedando en evidencia en los foros y las redes sociales, la militancia kirchnerista difícilmente pueda encontrar un motivo de festejo en el hecho de que se haya hecho una cuarta oferta que implique un incremento de u$s15.000 millones respecto del plan original y que, además, implique que en vez de trasladar los pagos para el próximo período de gobierno, ya haya que empezar a abonar intereses el año próximo, cuando el país estará sufriendo en toda su intensidad la recesión post cuarentena.

"Hubo una sobreactuación de dureza durante la negociación, en parte como estrategia negociadora pero, sobre todo, como insumo para el público interno. Y ahora esa postura inicial se vuelve en contra. Hay que disfrazarla, pero no va a resultar fácil, porque la única forma de que esto aparezca como una victoria es que Alberto convenza de que ahora viene una fuerte reactivación", observa Diego Dillenberger, experto en comunicación política.

Mientras tanto, en el ámbito político proliferan las chicanas hirientes. Porque junto al "elogio tóxico" de Guzmán, está la crítica de Alfonso Prat Gay, el ex ministro que saldó la deuda en default en 2016. Y que, metiendo el dedo en la llaga, apuntó a que el Gobierno terminó pagando más de lo necesario por haber elegido una posición inicial dura que no pudo sostener.

"Fue la cuarta 'última propuesta': Promesa de pagos por 15.000 millones de dólares más que en la primera. Más que un precedente mundial, un manual de cómo no se debe negociar", castigó el ex ministro, a quien en los medios K calificaron como "cara de cemento".

Pocos días antes, anticipando lo que ocurriría, otro economista de alto perfil, Carlos Melconian, había dado un sugestivo consejo a Guzmán: "Arreglá el canje, ya el show de Columbia lo hiciste. Vas a tener que poner la que tenías que poner en enero. Ese tema liquidalo".

El boomerang de la retórica dura

Con suerte todavía incierta, el Gobierno está tratando de atenuar el efecto boomerang de aquella retórica dura que se había elegido al inicio.

El argumento oficial había sido reforzado por una serie de gestos políticos, como el acto de abril en que se hizo desde Olivos la presentación de la primera oferta, en un acto que contó con la presencia de Cristina Kirchner, que con sonrisa aprobatoria siguió la exposición de Guzmán.

"Argentina hoy no puede pagar nada", había sido la frase del ministro en aquella ocasión, al explicar la propuesta de canje que implicaba un fuerte recorte de intereses para los bonistas, a los que se reconocería, en términos de valor presente neto, un 39% del valor de los títulos que habían comprado. En definitiva, una frase que hoy vuelve con la fuerza de un boomerang.

El discurso de Alberto ese día buscaba transmitir al mismo tiempo dureza y un mensaje de responsabilidad. Tras recordar su promesa del día de la asunción respecto de la importancia del cumplimiento de la palabra, justificó la "amarreta" oferta como un acto de realismo y seriedad, porque no había forma sostenible de aceptar otro esquema de pago.

De la mano del apoyo de Stiglitz y otros economistas de alto perfil, Argentina asumió una postura dura que luego debió desarmar
De la mano del apoyo de Stiglitz y otros economistas de alto perfil, Argentina asumió una postura dura que luego debió desarmar

Aquel acto fue ampliamente difundido por los medios afines al Gobierno, que antes de eso habían hecho una cobertura de los gestos de apoyo del Papa Francisco, de los presidentes europeos y de Kristalina Georgieva, que afirmaba que Argentina necesitaba un recorte de u$s85.000 millones para volver a crecer. Y después del anuncio se dedicaron a glosar los apoyos de los economistas celebrities de la línea heterodoxa, como Joseph Stiglitz –mentor de Guzmán-.

Junto a  Thomas Piketty, Jeffrey Sachs, Kenneth Rogoff y el premio Nobel Edmund Phelps, Stiglitz había firmado una carta dirigida a la élite financiera mundial, en la que se sostenía que era necesaria una reestructuración de la deuda argentina, y que el gobierno de Alberto Fernández había hecho una propuesta responsable que debería ser aceptada.

Pero la contundencia del fracaso –la primera oferta de Guzmán fue un papelón, con un 15% de apoyo- fue un recordatorio general sobre la vigencia de la célebre frase de Juan Carlos Pugliese: no se les puede hablar con el corazón a los que sólo saben responder con el bolsillo.

Desde el punto de vista político, la confrontación podía resultar redituable, como comprobó Cristina con la pelea épica contra los "fondos buitre". Pero siempre hubo un problema: Alberto Fernández tenía decidido desde el inicio que no quería caer en default.

Había recibido informes contundentes respecto de lo que podría ocurrir si el país volvía a quedar radiado del mercado de crédito. E incluso cuando, en medio de la pandemia, hubo presiones internas en el sentido de que en el nuevo contexto de crisis global un default ya no sería catastrófico –Jeffrey Sachs había anticipado no menos de 50 países deberán reestructurar su deuda-, Alberto se negó a caer en la tentación del "pagadiós".

El favor estratégico de BlackRock

La estrategia para hacer aceptable esta nueva oferta sin que parezca una claudicación ya está en marcha. Su primer acto fue el propio comunicado de prensa del ministerio de Economía en la noche del domingo.

Allí se incluían párrafos que, más que para los acreedores, estaban destinados al consumo interno de la base política kirchnerista.

Como la frase de Alberto Fernández que vuelve a hacer énfasis en la sostenibilidad política y social del esquema de pagos: "Es un esfuerzo enorme el que hemos hecho para cumplir con nuestra palabra, que era hacer un acuerdo que le permita a la Argentina cumplir con los acreedores y que le permita a los argentinos no postergar más a los que están postergados".

El comunicado y las declaraciones posteriores de los funcionarios dejan abierta la posibilidad de que haya parte de los acreedores que no acepten, como posiblemente sea el caso del fondo BlackRock.

"En cierto sentido, hasta le vendría bien desde lo político si BlackRock se mantuviera fuera, porque le daría la posibilidad de contar con un ‘malo’ con el que confrontar y disimular lo que en realidad fue un retroceso del Gobierno respecto de su dura postura inicial", apunta un analista político que pidió el off the record. De hecho, en los medios K ya caracterizan a la postura de BlackRock como el intento de mostrar a Argentina como un caso ejemplificador, para que otros países con problemas de deuda no intenten seguir la misma estrategia.

La dureza de BlackRock, un factor funcional al
La dureza de BlackRock, un factor funcional al "relato" K

Desde ese punto de vista, una disidencia entre los acreedores que no comprometiera la aceptación mayoritaria del canje hasta resultaría funcional para el kirchnerismo, que necesita la pelea como insumo principal de su discurso político. Y si, finalmente, BlackRock se aviniera a aceptar las condiciones argentinas, entonces se lo podría presentar como una victoria en la pulseada contra el fondo de inversión más grande y con más fama de "duro".

"Esperamos que en los próximos días haya un comunicado en contra y después se tomen un tiempo para decidir", dijo Guzmán, anticipando que finalmente haya una aceptación también por parte de los acreedores más inflexibles.

¿Reactivación o sopa de cabellos de ángel?

Pero, sobre todo, el centro de la estrategia comunicacional es tratar de presentar el canje de la deuda como un paso imprescindible para poner en marcha un plan de reactivación económica.

"Es lo único que puede hacer que el kirchnerismo supere el trago de la deuda, que haya una sensación de que ahora viene la política de crecimiento. El Gobierno podría aprovechar este momento en que las acciones vuelan y hay buena onda en el mercado. Si vuelve el optimismo, nadie les va a pasar una factura por el tema del canje", observa Dillenberger.

Y algo de eso se está viendo. Al día siguiente del anuncio del canje, se formalizó la moratoria impositiva. También se confirmó la ampliación de créditos a tasa cero, se anunció un plan de obras para la Patagonia por $2.200 millones y un programa de ayuda a empresas en la provincia de Buenos Aires que implica un esfuerzo fiscal de $2.500 millones.

Por otra parte los medios oficialistas destacan que empieza el diseño de un programa de obras públicas y que superar el tema deuda permitirá ganar autonomía para la toma de decisiones.

Por lo pronto, hay quienes ven la posibilidad de un regreso al mercado de capitales. "Los antecedentes históricos muestran que los países no quedan aislados para siempre del mundo financiero, así que Argentina tiene chances de volver relativamente rápido a tener acceso al crédito, y beneficiarse de la nueva situación internacional en la cual las bajas tasas de interés van a estar garantizadas", observa Eduardo Fracchia, director de economía en el IAE de la Universidad Austral.

Pero claro, es probable que el del canje no sea el último "sapo" que la militancia K deba tragar. Porque, sin recursos fiscales, el apoyo de los organismos internacionales se transforma en una vía imprescindible para financiar la inversión. Y eso requiere conversar con el FMI, que pudo haber sido un aliado durante el canje de los privados pero no parece dispuesto a resignar sus banderas clásicas.

En ese sentido, Melconian hizo otro pronóstico inquietante: "Argentina le va a proponer’ pechuguita con calabaza’ y el Fondo te va a decir ‘arrancá con sopa de cabello de ángel’. Y el Gobierno va a decir que le sacó puchero y asado, pero en realidad vamos a ir a cabello de ángel. La realidad va a imponer esas cuestiones".

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