Economía

La credibilidad del equipo económico sufre su peor devaluación, mientras se acumulan las "luces amarillas"

11-02-2018 Ya son mayoría las consultoras que prevén que no sólo se incumplirá la meta oficial de inflación de 15%, sino que hasta es probable que se pueda superar el registro de 2017 y, para colmo, con bajo crecimiento. Los reproches no se limitan al ámbito doméstico, sino que alcanzan a invesores externos
Por Fernando Gutierrez
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En la City financiera, en las empresas y en las oficinas de los economistas predomina por estos días una sensación de "deja vu".

Es que, en poco tiempo, se han acumulado señales de alarma sobre parecidos con las pre-crisis del pasado reciente.

La lista de esas situaciones de riesgo impresiona por lo extenso. Entre los principales puntos se destacan:

-Déficit de cuenta corriente que crece aceleradamente y ya se ubica en torno a 5% del PBI. Lo cual es acompañado por el récord histórico de u$s8.500 millones en el "rojo" de la balanza comercial y una imparable salida de dólares por turismo.

-Objetivos de inflación en los que nadie cree y que son ignorados olímpicamente, tanto en las negociaciones salariales como en las indexaciones de alquileres y demás contratos de la economía.

-Un déficit fiscal duro de bajar que sólo se puede financiar con un endeudamiento externo. Y, para colmo, con la perspectiva de peores condiciones para tomar crédito, dada la suba en las tasas internacionales.

De hecho, los bonos argentinos caen mientras los del resto de la región suben y la maldita expresión "riesgo país" vuelve a  dominar los titulares.

-Los indicadores positivos que durante 2017 habían entusiasmado al gobierno -los famosos "brotes verdes"- empiezan a dar señales de agotamiento, como se vio en los últimos números de consumo, actividad industrial y en la recaudación impositiva. Por caso, la utilización de capacidad instalada en las industrias cayó a su nivel más bajo en 10 meses.

En, fin, un clima de película ya vista. Tanto que los economistas usan cada vez menos eufemismos para referirse al futuro. Palabras como "choque", "explosión" y "crisis" se repiten en declaraciones periodísticas y reportes de consultoras.

Confianza devaluada
Con todo, el deterioro de los indicadores no parece ser lo peor. Más bien, el cambio más notorio en estos días es una pérdida en la credibilidad de los funcionarios, un fenómeno que empezó a agudizarse desde el "recalibramiento" de metas que fue interpretado por el mercado como un recorte a la autonomía del Banco Central.

De hecho, esa fue una de las argumentaciones que aportaron los analistas para explicar la caída en las cotizaciones de los bonos de deuda soberana, a contramano de las mejoras que se constataban en el resto de la región.

Las noticias que llegaron por la vía "no oficial" indican que, en la reciente gira europea junto al presidente Mauricio Macri, los funcionarios del equipo económico escucharon -de parte de esos mismos empresarios a los que se intenta seducir para que "hundan" inversiones- reproches y expresiones de decepción ante lo que interpretaban como una renuncia al compromiso del equilibrio fiscal.

Pero a la hora de las declaraciones públicas, los funcionarios se aferran a su "cassette" sobre una economía en recuperación y con las variables tendiendo a la estabilización.

Se destacó en ese sentido la displicencia con la que el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, tomó el cambio de escenario financiero global tras el retoque de la tasa estadounidense.

Para el ministro, el tema no afectará los planes, porque con los bonos por u$s9.000 millones que colocó en enero, el país arranca el año sin necesidades financieras urgentes.

Pero, como era de prever, muchos le recordaron que en realidad, dichas necesidades alcanzan los u$s30.000 millones.

"No está cubierto el programa financiero de todo el año. Están montados sobre la volatilidad", apuntó Marina dal Poggetto, directora de EcoGo.

En tanto, el mercado reaccionó con el pragmatismo habitual: ante las primeras señales de volatilidad, los indicadores bursátiles cayeron y el dólar volvió a ser el refugio, ya definitivamente instalado en torno a los $20.

Pero de todas las predicciones de los funcionarios, la que más desconfianza genera es la referida a la inflación.

Con un enero que cerrará en torno del 2% según la mayoría de las consultoras privadas, y encima con ajustes tarifarios que recalientan febrero -incluyendo el imprevisto ajuste en las naftas-, ya muchos dan por fracasada la nueva meta del 15%.

Por lo pronto, los sindicatos se niegan a aceptar la cifra como un referente en las paritarias y reclaman, como mínimo, la inclusión de cláusulas gatillo en los convenios.

Por caso, en el conflicto de los bancarios, la dirigencia sindical difundió un documento titulado "No somos tontos", en el cual recuerda que el Relevamiento de Expectativas del Mercado -en el cual participan los propios bancos- corrigió al alza su previsión de inflación hasta el 19%.

En ese marco, el funcionario que quedó más expuesto a las críticas fue el titular del Banco Central, Federico Sturzenegger, quien después de haberse ganado fama de "duro" en materia monetaria, ahora bajo una mayor presión política, argumenta que "sobra tasa" a pesar de la evidencia de presiones inflacionarias.

Hay economistas como Jorge Vasconcelos, de la Fundación Mediterránea, que estiman que en abril ya se habrá acumulado la mitad de la inflación prevista para todo el año y se pregunta por las derivaciones políticas de esa situación.

"El tema es que, después del ‘fuego amigo' que sufriera el Banco Central en diciembre, ahora es más difícil conjeturar qué es lo que haría el gobierno en abril o mayo si se confirmara la existencia de desvíos significativos", afirma Vasconcelos.

Más escéptico aun es Diego Giacomini, director de Economía & Regiones, quien cree que hay riesgo ya no de que la nueva meta inflacionaria del 15% se incumpla, sino que hasta se pueda superar la inflación del 24% registrada en 2017.

Su argumento es que el Banco Central incurrirá en un relajamiento de la política monetaria que, para colmo, no redundará en un mayor nivel de actividad productiva.

"El BCRA está cometiendo un error de política monetaria similar al que cometió sobre finales de 2016 y comienzos de 2017 cuando avanzó con un relajamiento sin que las condiciones monetarias e inflacionarias estuvieran dadas para hacerlo", denuncia Giacomini, para quien la inyección de dinero en exceso "terminó abortando el proceso desinflacionario".

A esta altura, el descreimiento llega al nivel de que hasta ya se discute abiertamente si la política de metas de inflación -que se aplica en toda la región- tiene sentido en un país como la Argentina.

Uno de los analistas más duros en ese sentido es Guillermo Nielsen, ex negociador del canje de deuda, para quien hay señales de que la lucha contra la inflación "dejó de ser una prioridad".

Y lamenta la pérdida de credibilidad del Central: "Es muy poco realista tirar un número oficial de inflación a tres años, porque no es profesionalmente serio, afirma.

Críticas viejas y nuevas
Curiosamente, empiezan a ser cada vez más parecidas las críticas que se le hacen ahora al Gobierno de Macri con las que se le hacían al "modelo K".

Pocas frases son más gráficas que esta del influyente Miguel Angel Broda: "La configuración económica elegida por el Gobierno ha sido muy exitosa para ganar elecciones, pero tiene complicaciones. Este es un modelo que necesita recalibrarse permanentemente. No quieren tocar la madre de todos los problemas, que es el tamaño del gasto público y el déficit fiscal y, por lo tanto, van recalculando, compensando y emparchando".

Era el mismo tipo de juicio que los economistas emitían sobre las políticas de incentivo al consumo que realizaba el gobierno anterior. Generalmente, la crítica deriva hacia el riesgo de que el endeudamiento público se salga de control.

Sobre ese punto, el ex ministro Ricardo López Murphy hizo un vínculo entre la deuda y la elección macrista por la vía gradualista. "No nos engañemos, el gradualismo siempre es más caro, porque no resolver los problemas hoy implica financiarse con endeudamiento", afirmó.

Aun así, la preocupación del Gobierno no viene de las críticas internas. Tiene asumido que el sector ortodoxo de los economistas siempre verá con malos ojos su negativa a las medidas de shock, así como que los sectores "corporativos" mirarán con desconfianza su agenda de reformas.

Más bien, lo que aflige a los funcionarios es que aquellos en quienes han puesto las mayores esperanzas para el despegue -es decir, los inversores externos- también manifiestan dudas sobre el camino trazado.

Lo constató Dujovne en la reciente gira del presidente por Europa y el Foro de Davos, cuando sus interlocutores le echaron en cara la persistencia del problema fiscal y el relajamiento en la lucha antiinflacionaria.

Por estos días, las pocas buenas noticias vienen de sectores como telecomunicaciones, que este año tiene planeadas inversiones por u$s3.000 millones, y de los créditos indexados UVA, que empujan a la construcción y la actividad inmobiliaria.

Pero el resto muestra poco dinamismo. Y, particularmente, no se ven grandes mejoras en el empleo privado registrado, una lentitud que, a su vez, es lo cual complica el recorte de gastos en el Estado.

Lo cierto es que el Gobierno intenta avanzar haciendo equilibrio en un pretil angosto: acelerar el recorte del gasto sin que eso provoque inquietud social, avanzar en agenda de reformas pero cuidando que no estalle una crisis política, aceitar la actividad y el crédito pero sin que se contagie a los precios.

Para los más pesimistas, un camino que ya se intentó transitar otras veces. Lamentablemente, con un final anunciado de fracaso.

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