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Lula declaró nuevamente ante el juez Moro por otro caso de corrupción y cargó contra su exministro Palocci: "Es un simulador"

13-09-2017 El magistrado deberá determinar si Odebrecht pagó un terreno para el Instituto Lula en Sao Paulo y si puso a disposición de la familia del exmandatario un departamento en Sao Bernardo do Campo. Su exministro de Finanzas lo complicó, pero el expresidente lo trató de "mentiroso, frío y calculador"
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El expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva prestó declaración en Curitiba (sur) este miércoles ante el juez Sergio Moro, en una nueva causa de "corrupción pasiva" similar a la que ya le valió una condena de casi diez años de prisión.

En concreto, Moro deberá determinar si la constructora Odebrecht pagó un terreno para el Instituto Lula en Sao Paulo y si puso a disposición de la familia del exmandatario (2003-2010) un departamento en la vecina Sao Bernardo do Campo.

El expresidente calificó a Antonio Palocci, quien fuera su exministro de Finanzas y declarara la semana pasada que las denuncias contra Lula tienen fundamento, de simulador, calculador y frío.

"Lo conozco bien a Palocci. Si Palocci no fuese un ser humano, sería un simulador. Es tan experto que es capaz de simular una mentira más verdadera que la verdad. Palocci es médico, frío y calculador", declaró el exmandatario.

Por otra parte, señaló que "lo único que es verdad es cuando dice que está haciendo esa delación porque quiere los beneficios de la delación", remarcó Lula, quien chicaneó: "O quien sabe, quizás quiera un poco del dinero que ustedes le bloquearon".

Llegada a Tribunales
El exmandatario (2003-2010), que llegó en coche al lugar poco antes de las 14, se frenó para saludar a unos 300 partidarios y dirigentes del Partido de los Trabajadores (PT) que lo aclamaban.

Tras pasar el cordón policial que protegía el tribunal, Lula, de 71 años, volvió a subirse al automóvil para acercarse al edificio.

Fuentes del juzgado indicaron que el interrogatorio empezó poco después.

Debilitado por confesiones
Lula, que se encuentra en libertad a pesar de tener una condena en contra en primera instancia por el propio Moro, llegó debilitado a este segundo proceso.

Su exministro de Finanzas Antonio Palocci, que purga una pena de doce años de reclusión, admitió la semana pasada que las acusaciones contra el líder histórico de la izquierda tienen fundamento.

En julio, el popular juez anticorrupción condenó a Lula a nueve años y medio de cárcel como beneficiario de un tríplex en el balneario de Guarujá (Sao Paulo) ofrecido por la constructora OAS a cambio de su influencia para obtener contratos en la petrolera estatal.

Si esa sentencia fuera confirmada en segunda instancia, a Lula le sería difícil evitar la cárcel. Y si lo lograra, no obstante, vería seriamente comprometida su posibilidad de presentarse a las elecciones presidenciales de octubre de 2018, para las que figuraba al tope en las encuestas con un bajo 30% de intención de voto.

El exmandatario enfrenta hasta el momento cinco causas penales, aparte de aquella por la cual fue condenado, por cargos que van de corrupción pasiva, lavado de dinero y tentativa de obstrucción a la justicia a tráfico de influencias y formación de organización delictiva.

El dirigente se declara inocente en todas y denuncia un acoso que apunta a impedir su retorno al poder.

Entre los posibles candidatos en 2018, Lula es el que mayor intención de voto tiene (cerca de 30%), sobre todo en las regiones más pobres que se beneficiaron de sus programas de distribución de renta. Pero es también uno de los que más rechazo concita.

Su reciente gira de tres semanas por el nordeste, su mayor bastión, movilizó sobre todo al núcleo duro de sus electores. Entre tantas contrariedades, Lula tuvo recientemente un consuelo, cuando la Fiscalía pidió absolverlo en la causa de obstrucción a la justicia por considerar que el delator que sustentó la denuncia había mentido.

Un reconocimiento que para la defensa del expresidente ilustra lo ocurrido en todos los expedientes abiertos en su contra.

Los dilemas del PT
El PT, con muchos de sus líderes históricos acusados o encarcelados, trata de curarse aún las heridas de la destitución en 2016 de la presidenta Dilma Rousseff, la sucesora y heredera de Lula, acusada por el Congreso de manipular las cuentas públicas.

En las municipales de octubre pasado, el que llegó a ser el mayor partido de izquierda de occidente sufrió un revés histórico. Y la formación no consigue levantar cabeza, pese a sus llamados a la movilización contra los programas de ajustes y de privatizaciones impulsados por el presidente conservador Michel Temer.

Para 2018, apostó todas sus fichas a Lula, pero su debilitamiento le obligaría a elaborar un "Plan B", aunque ninguno de sus dirigentes evoque aún abiertamente ese escenario.

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