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Con más del 40% de los votos, arranca el plan reelección de Macri: Cristina Kirchner buscará su lugar en la oposición

23-10-2017 Arranca una nueva etapa en la Argentina. En el plano político, Macri avanzará con su verdadero plan de Gobierno, tras haber asegurado la gobernabilidad. CFK, en tanto, querrá ocupar el espacio de líder opositora ante un peronismo que perdona todo, menos una derrota
Por Fernando Gutierrez
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Un antes y un después. Esa es la sensación que dejó la elección legislativa de medio término, en la que cual la coalición Cambiemos ganó mucho más que veintiún bancas en la cámara de diputados y ocho en el Senado.

Con una victoria superior al 40% a nivel país, logró despejar los fantasmas de la "falta de gobernabilidad" que acechan a todo partido no peronista que alcanza el poder.

Ahora, con la sensación de que empieza la fase "en serio" del programa oficial y con un Mauricio Macri en la "pole position" para su reelección en 2019, quedó en claro que arranca una nueva etapa política.

De alguna forma, la propia Cristina Kirchner así lo admitió al arengar a su militancia con el argumento de que "esto no es el fin de nada sino el comienzo de todo".

Sin embargo, a diferencia de otras elecciones, esta vez no puede haber dos interpretaciones sobre cómo analizar el resultado: el Ejecutivo recibió un fuerte espaldarazo en todo el país.

Los números del escrutinio -esta vez sin que hayan generado polémica- indican que logró el objetivo de consolidación que espera todo gobierno en su primera legislativa (sólo Fernando de la Rúa perdió en este test).

Como si esto fuese poco, mejoró la representación en el Congreso y pudo derrotar a Cristina Kirchner en la provincia de Buenos Aires.

Sensación de alivio
"Un país decidido a hacer las cosas bien": así definió Macri al contundente respaldo obtenido en las urnas: más del 40% a nivel nacional, que superó largamente la ya de por sí expresiva marca del 36% lograda en las PASO de agosto.

Tras el clima enrarecido que caracterizó al cierre de campaña -con el país en vilo ante la resolución del caso Maldonado-, los festejos en el bunker de Cambiemos (aunque más contenidos), tuvieron mucho de alivio.

Para empezar, se confirmó que el impacto de los últimos acontecimientos sobre la intención de voto resultó marginal: esta vez, las encuestadoras no pueden ser criticadas por sus pronósticos.

Los cuatro puntos de ventaja sobre el kirchnerismo en Buenos Aires, la contundente victoria de Elisa Carrió en Capital y los triunfos en otras 12 provincias (incluidas Salta y Santa Fe, donde el peronismo había ganado en las primarias), estaban dentro de sus proyecciones.

Por cierto, no fueron los únicos motivos de alivio para el Gobierno: hubo además tranquilidad por la reacción medida de la propia Cristina Kirchner.

En horas previas a la elección, había circulado la versión de que podría impugnar un eventual resultado negativo, situación temida por muchos por sus impredecibles consecuencias, en momentos de ánimos exacerbados.

Pese a no estar acostumbrada a perder, Cristina reconoció la derrota en un discurso calmo y sin estridencias.

Un nuevo mapa político
En las próximas horas vendrá el recuento de bancas que se ganan y se pierden para cada uno de los bloques.

Si bien el Gobierno mejorará su posición, no cambiará el panorama de fondo. Es decir, seguirá sin mayoría propia y dependiendo de la negociación con el peronismo ligado a las gobernaciones provinciales.

Así como en estos dos años necesitó de votos peronistas para aprobar leyes fundamentales (negociación con los "fondos buitre", blanqueo de capitales o la reparación histórica a los jubilados), deberá continuar con ese estilo negociador.

Más aun, de cara a la nueva agenda de reformas, que incluyen un nuevo régimen tributario y laboral.

Por más que los números de la elección le permitan al Ejecutivo negociar con mayor autoridad, queda en claro que el panorama en el Congreso no le cambiará de manera radical.

En cambio, donde sí se moverá el tablero es en el plano de la política partidaria. Es que el peronismo ingresa ahora en una etapa muy compleja, en la que no queda claro si Cristina podrá mantener su liderazgo.

No por casualidad, el cántico más coreado de la noche, con cierto estilo de "gastada" futbolera fue el "no vuelven más", dedicado por los militantes macristas a los kirchneristas.

Por más que la ex presidenta -acaso más pensando en un mensaje para la propia tropa que para el resto- intente presentar el resultado como la consolidación de su liderazgo personal, todos saben que esa no será la interpretación ni de la opinión pública ni de la interna del peronismo.

La ex mandataria celebró el hecho de que Unidad Ciudadana hubiera crecido en cantidad de votos respecto de las PASO. Pero lo cierto es que, dado que hubo mayor afluencia de votantes en esta elección, eso formaba parte de lo que se esperaba.

En cambio, no estaba en los planes que el kirchnerismo perdiera en partidos del conurbano en los que parecía inexpugnable.

En este contexto, la principal meta política de Cristina en el corto plazo será ahuyentar el recuerdo de aquella célebre frase que inmortalizara una el ex presidente Eduardo Duhalde noche de derrota.

El líder peronista afirmaba que cuando un partido pierde, el que ocupó la candidatura principal se convierte automáticamente en "el padre de la derrota".

Con ese criterio implacable, Cristina es, para buena parte del peronismo, la "madre del fracaso". No importa qué tan amplia o ajustada haya sido la ventaja de Esteban Bullrich sobre ella. Tampoco que ocupará una banca en el Senado.

Cristina perdió y ahora vendrán los pases de factura respecto de si fue errónea su estrategia de no ir a una interna con Randazzo o si fue equivocado el tono crítico de la campaña hacia el modelo económico macrista.

En definitiva, lo que está en juego no es solamente la posibilidad de que su proyecto político vuelva al poder en el corto plazo, sino si podrá liderar y mantener la unidad del peronismo, un partido que puede perdonar todo menos una derrota.

Perdió Cristina, ¿Macri sufre?
Mientras Cristina intenta convencer a su militancia de que el traspié es una circunstancia remontable y no un fin de ciclo, el macrismo se enfrenta a su propia paradoja: empezará a perder el principal "combustible" de su crecimiento.

En otras palabras, si alguien le ha sacado todo el jugo a la "grieta", ése es justamente Macri.

Quedó demostrado que un fuerte atractivo electoral y capital político que tiene Cambiemos es su capacidad para impedir un eventual regreso del kirchnerismo al poder.

El macrismo lo sabe y pocos espacios políticos han explotado tan bien esa lógica de "ellos y nosotros", que tanto caracteriza a los momentos de alta polarización que aparecen en una sociedad.

El propio caso Maldonado confirmó algo que se sospechaba: que en situaciones de fractura social y ánimos exasperados, este tipo de episodios tiene el efecto de reforzar las creencias previas.

Tal es así que, ante la politización de la desaparición del joven artesano, el macrismo no sólo no perdió votos sino que hasta revalidó sus defensas ante el kirchnerismo.

En ese escenario dominado por "minorías intensas", hay poco espacio para el debate racional y prevalece la "chicana" de las redes sociales.

Esto, traducido en términos de sufragios, significa que no se pierden votantes sino que se reafirman las posturas extremas.

Pero, como todo, también eso tiene un efecto decreciente. En algún momento, ese "no vuelven más" que se escuchó la noche del festejo macrista perderá vigencia y entonces será necesaria otra consigna.

Está ahí la gran paradoja de Cambiemos, un espacio político que nació, creció y se consolidó impulsado por una fuerza poderosa: el espanto al kirchnerismo.

Eso fue lo que mantuvo la cohesión en una alianza heterogénea, en la que conviven desde viejos radicales (que piden más institucionalidad) hasta la nueva derecha liberal (con valores de eficientismo empresarial); desde la clase media (que odió el "cepo" cambiario) hasta radioescuchas de Baby Etchecopar (que piden "mano dura").

Eso fue, también, lo que disimuló la impaciencia y el enojo por la falta de resultados de la economía y por las desprolijidades del "tarifazo" en los primeros meses de gestión macrista.

Fue lo que acalló las protestas de quienes pedían más velocidad en los cambios y mayor decisión a la hora de avanzar en los ajustes dolorosos pero inevitables.

El miedo a Cristina fue lo que impulsó a esa clase media a volcarse a las calles cuando, en abril, sintió que la oposición quería instalar un "clima destituyente" con las alusiones al helicóptero delarruista en plena Plaza de Mayo.

Es así que ahora aparece el gran desafío para Cambiemos: en la medida que el "fantasma K" se diluya (y CFK empiece a preocuparse más por sus problemas judiciales que por candidaturas para 2019), Macri deberá ingresar en una nueva fase.

Algunos la definen como la del "verdadero" programa de gobierno. Es la etapa en la que se impone pisar el acelerador de las reformas y en la que deberá poner a prueba su capacidad persuasiva para convencer de que la nueva agenda política tiene virtudes que merecen el apoyo de la ciudadanía.

Es, también, una etapa de menor paciencia, en la que querer justificarse con la "herencia recibida" irá perdiendo validez. Se exigirán resultados más visibles en lo que respecta a bajar la inflación y subir las inversiones.

En medio de la alegría por los festejos, los principales dirigentes de Cambiemos dejaron señales en el sentido de que captan el punto de inflexión.

Las referencias a la necesidad de mejora en la gestión y en los indicadores sociales empiezan a ocupar más espacios de discurso que las alusiones a las diferencias de estilo con el kirchnerismo.

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